Por primera vez la obra literaria de Jesús Rodríguez participa en una de las tres ferias del libro más importantes de latinoamérica, la Feria del Libro de Bogota.

Por primera vez la obra literaria de Jesús Rodríguez participa en una de las tres ferias del libro más importantes de latinoamérica, la Feria del Libro de Bogota.

«¡Pues bien! Yo necesito
decirte que te adoro,
decirte que te quiero
con todo el corazón…»
Manuel Acuña (México)
Nocturno (A Rosario)
Un día sin ti:
Una eternidad congelada en el reloj.
Horas infinitas extraviadas en el cosmos.
Tu imagen borrosa se difumina con el paso de las horas.
Las rosas rojas lloran en mi corazón de espinas.
El jardín de mi casa se marchita en tristeza.
La luna pierde su luz brillante, es una piedra negra.
El sol, oculto tras nubes grises, llora desolado.
Los árboles que ayer fueron verdes, hoy son fantasmas.
El camino a tu casa se desvanece, desaparece.
Las palomas mensajeras, regresan con los mensajes.
El agua transparente pierde su color, sin olor.
Las nubes grises del mediodía comienzan a llorar.
Las hojas que ayer eran esmeraldas, hoy no están.
Las montañas parecen más lejanas y pequeñas.
Las horas de sesenta minutos parecen de mil minutos.
El día se hace tan lento y gris, que no termina.
Un día sin ti:
Para mi es una eternidad.
¿A qué hora mis ojos te volverán a ver?
Así, tus ojos no me vean.
Anhelo el instante:
En que tu olor erice mi piel.
Aquel instante:
En el que vuelva a ver tu imagen de venus
y mi cuerpo se estremezca de emoción.
Ese instante:
En que regresas a mi vida,
aunque, para tus ojos invisible sea.
Jesús Rodríguez
Bogotá, D.C. febrero 11 de 2019
La desesperación desbordo cualquier capacidad humana. El dolor inundó de soledad toda su humanidad. Lloró toda la noche y despertó en un mar de auto conmiseración. Despertó sin aliento.
Aquí sentado muriendo para siempre. Nacer para morir en vida. Ayer fui al médico: El Doctor que me revisó me dijo que me quedaban pocas horas de vida, fue tan grande la tristeza que morí en ese momento.
Allí permaneció el cuaderno sobre un montón de libros. El tiempo se presentó inexorable como una gruesa capa de polvo.
Él tranquilo, pequeñas ondas vienen y van con el paso del viento, el río sigue allí, transcurriendo, paciente, solemne. (Al río Sena)
Sus aguas fueron mi cama. La embarcación se mantuvo estable sobre el infinito río, allí soñé sobre sus aguas, me deje llevar por la melodía de su canto sordo. Navegue sobre noches oscuras ausentes de luz; el agua me arrulló como niño en el regazo de su madre, me cuido mientras viví en él. Los amaneceres me inundaron de un frío sol que sin abrigarme me brindaron su calor, allí atrás quedo el río.
El aparato electrónico emite rayos luminosos que inundan la oscuridad del cuarto. Luces de colores bailan en el aire frío del ambiente. Los ojos del tele-vidente se enrojecen del dolor causado por la luz y la ignorancia.
El museo como un castillo antiguo aloja las obras de mi pintor favorito, recorro los pasillos y salas, con sus paredes blancas donde cuelgan las pinturas del maestro y los estantes sobre los cuales se posan las esculturas y objetos artísticos que un día atrás surgieron de la mano y genio del artista. Me sumerjo en los collages y me quedo a vivir con el maestro. Afuera París se ilumina con un sol frío.
«La pereza es la madre de todos los vicios» decía mi padre. Cuando él decía eso yo pensaba: «Cómo madre es madre hay que respetarla.»
Quisiera moverme pero no puedo, una fuerza superior a mí, me impide levantarme de la cama, quiero pero no puedo. Son las seis de la mañana, hace un instante sonó el despertador, quiero dormir cinco minutos más. Van hacer las ocho de la mañana… no, hoy no me levantó. Mis fuerzas no son nada contra el poder de la pereza.
A Evaristo y Aurora
La abuela amasaba con sus manos torcidas por el reumatismo el maíz que el abuelo había molido en la tarde. La cocina inundada de humo era el sitio de la casa más importante, allí se reunía la familia a conversar y se continuaba con la tradición oral, a través de relatos de hechos o situaciones ocurridas en el pasado. Los mayores mantenían la tradición y los jóvenes escuchamos maravillados aquellas historias que luego olvidaríamos para siempre. Mi abuelo y la abuela hace años que murieron y con ellos sus historias, el recuerdo que ha quedado hasta el día de hoy es el sabor y el olor del maíz en el fogón de leña de la oscura cocina.