El aparato electrónico emite rayos luminosos que inundan la oscuridad del cuarto. Luces de colores bailan en el aire frío del ambiente. Los ojos del tele-vidente se enrojecen del dolor causado por la luz y la ignorancia.
Autor: Anafabiola
Picasso
El museo como un castillo antiguo aloja las obras de mi pintor favorito, recorro los pasillos y salas, con sus paredes blancas donde cuelgan las pinturas del maestro y los estantes sobre los cuales se posan las esculturas y objetos artísticos que un día atrás surgieron de la mano y genio del artista. Me sumerjo en los collages y me quedo a vivir con el maestro. Afuera París se ilumina con un sol frío.
Pereza
«La pereza es la madre de todos los vicios» decía mi padre. Cuando él decía eso yo pensaba: «Cómo madre es madre hay que respetarla.»
Quisiera moverme pero no puedo, una fuerza superior a mí, me impide levantarme de la cama, quiero pero no puedo. Son las seis de la mañana, hace un instante sonó el despertador, quiero dormir cinco minutos más. Van hacer las ocho de la mañana… no, hoy no me levantó. Mis fuerzas no son nada contra el poder de la pereza.
Maíz
A Evaristo y Aurora
La abuela amasaba con sus manos torcidas por el reumatismo el maíz que el abuelo había molido en la tarde. La cocina inundada de humo era el sitio de la casa más importante, allí se reunía la familia a conversar y se continuaba con la tradición oral, a través de relatos de hechos o situaciones ocurridas en el pasado. Los mayores mantenían la tradición y los jóvenes escuchamos maravillados aquellas historias que luego olvidaríamos para siempre. Mi abuelo y la abuela hace años que murieron y con ellos sus historias, el recuerdo que ha quedado hasta el día de hoy es el sabor y el olor del maíz en el fogón de leña de la oscura cocina.
Niño
Él sentado en la cama juega con su tableta. Yo juego a juntar palabras. Ella es mamá y con los brazos cruzados nos mira desde la puerta de la habitación. La ignoro. Carraspea su garganta. La miro. Sonreímos.
Smartphone
El teléfono inteligente vibro. Las cinco de la mañana y el sueño se apoderaba de mis instintos de sobrevivencia. Afuera de la cama el frío gélido lo congelaba todo. A los cinco minutos volvió a sonar la alarma del despertador. Estire mi mano y apagué el aparato. Volví a dormir no se cuántas horas. El smartphone siguió ahí sobre la mesa de noche.
Madre
La Virgen María me miro y yo sentí pena.
¿Real?
Cerré el libro, medité un instante. Todo lo leído me pareció verdadero. ¿Era real? No me lo podía creer. La sensación del capítulo final del libro, fue como haber montado en la montaña rusa mas terrorífica de la tierra…
Avalancha
El río avanzó raudo, llevándose todo. Sólo dejó desolación, miseria y dolor. Atrás no quedó nada; adelante el río sigue avanzando con menos furia. Los de allá no saben nada de los de acá.
Ave
El avión despegó y un vacío sentí en el estómago, hace un instante estaba pegado al suelo, ahora flotando en el aire, etéreo y asustado. Abajo todo lo veo en miniatura, arriba no veo nada. El avión levitando, yo también.