Allí sobre la banca brillan ausentes. Desde niño perdí la calidad de la visión y no me di cuenta de la mala calidad visual, hasta cumplir los dieciséis años cuando tuve mi primer examen de ojos con el optómetra del barrio. pensé hasta ese día que el mundo que podía ver a través de mis ojos era el real, lo que me rodeaba lo reconocía por la intuición y las montañas difusas que desde niño me han acompañado, me acostumbré a verlas de esa manera. Aprendí el camino de ida a la escuela casi de memoria, reconocía cada bache del camino de ida y vuelta. Los avisos difusos los reconocía por sus colores mas no por lo que decían. La cara permanecía pegada al cuaderno para poder distinguir lo que escribía y por más que me sentará en la primera fila al frente del tablero verde, no podía distinguir lo que el profesor escribía sobre él con tiza blanca. Mi primera novia me pareció la niña más hermosa del universo, se llamaba Teresa era una niña de ojos azules y cabello rubio, la miraba durante toda la clase con el corazón pegado a la luna, ella era mi gran amor, me gustaba verla en su jardinera de cuadritos rojos y blancos y su diadema de florecitas que adornaban su cabello de oro. Ella como un fantasma se paseaba por el salón de clase y en mis pensamientos pueriles su imagen difusa se me escapaba de mi campo de visión, en el descanso se me perdía en el bullicio de los niños que corrían desesperados por todas partes, cuando veía su imagen borrosa en la distancia corría tras de ella con la mala fortuna que siempre tropezaba con el mismo desnivel del piso y siempre caía de cara contra el pavimento y terminaba en la enfermería de la escuela bajo el cuidado de la profesora de turno. Sentado en el consultorio del optómetra quién me probaba los diferentes lentes buscando mejorar mi calidad de visión —así o mejor este— decía el doctor mientras giraba los diferentes lentes —mejor aquí o mejor acá— insistía, mientras yo detrás de los lentes miraba la cartulina pegada en la pared con el abecedario de diferentes tamaños. A los ocho días me entregaron mis primeras gafas con lentes culo de botella, me tardé algunos días mientras me acostumbré a ellas, caminaba por el parque del barrio y cuando la volvía a ver después de muchos años, allí iba ella con tremendo cuerpo de mujer, la reconocí por su cabello rubio, inconfundible, mi visión 20/20 me permitió observarla en todo detalle por la espalda, pues ella avanzaba de prisa por el parque hacia algún lugar. ¿Teresa? ¿Teresa? la llamé… ¡Teresa! Grité desesperado. Ella miró hacia atrás. Ya no me gustó.
Tren
No sé cuántos minutos dormí hacia el final del viaje, pero me pareció una eternidad. Recorrimos mil interminables kilómetros durante la noche, en la litera organizada con cuatro camas, viajábamos tres hombres y un niño, él, hijo tal vez de uno de los caballeros; todos al parecer teníamos diferentes nacionalidades. El tren partió a eso de las siete de la noche, nunca dejó de sonar la maquinaria del aparato pegado a los rieles que parecían interminables. El bullicio de los pasajeros duró poco, algunos comieron un algo, otros se lavaron la boca o hicieron otras necesidades antes de acostarse; al rato el silencio se apoderó del tren y la oscuridad se instaló en su interior. Después de aquel celestial silencio un coro de ronquidos se posesionó del ambiente, algunos sonaban cercanos otros provenían de lejanos lugares. Los pasajeros que viajaban con conocidos conversaban en voz baja, en un siseo molesto que invadía la atmósfera oscura del vagón. No sé en qué momento el sueño me venció y entré en sus profundidades. El hombre que dormía encima de mí cama me despertó, él permaneció sentado durante casi todo el viaje, tomando algún tipo de licor barato, el olor invadió el estrecho lugar. Su pensamiento en voz alta me despertó, hablaba como si nadie le escuchará, en su fuga de la realidad murmuró en voz baja tratando de que nadie le sentirá, y hablando en un francés borracho logré entender algunas palabras: «No debí hacerle caso, nunca le había visto y por esa razón no debía hacerle caso…» Se quedó pensativo en la mudez de su propia ausencia, mientras bebía tragos exagerados de la botella. Maldecía con cada sorbo. Volvió a hablar casi en silencio. «El cerdo valía más de diez euros y el español hijo de puta lo sabía, me hizo venderlo a la mitad de su precio…» Volvió a maldecir y luego con rabia dijo: «¿Quién diablos iba a saber que el puto cerdo era mágico? Tres años criándolo y nunca me dio muestras de sus cualidades increíbles…» Se quedó en silencio por un rato, pensé que ahora sí podría dormir. Ingirió su bebida con tal despecho que el vagón se inundó de tristeza, al rato lloró desconsolado parecía el diluvio del fin del mundo. Quise decirle algunas palabras de consuelo, pero no las encontré. Volvió hablar casi sin abrir los labios: ¿Yo qué iba a saber que acariciándole el lomo y pidiendo un deseo, este se hacía realidad…? Volvió a llorar, esta vez como un niño que ha perdido su pelota de juego. Dijo algo así como: «Más vale habérmelo comido antes que descubrir tan atroz secreto… es que… no puedo olvidar como el hombre que viene con el niño en el otro camarote me ofreció tres euros por el animal, ¡que portugués tan descarado! —bajó de nuevo el tono de su voz como si sintiera que lo escuchaban— El español fue el que me convenció que le recibiera los cuatro con cincuenta, ¡cómo me arrepiento! Si hubiera conocido el secreto del animal no estaría aquí lamentando mi desgracia. Bueno qué más da —dijo con resignación—, el animal ya no es mío y el dinero de la venta se me fue en bebida.
Despedida
En memoria
Ester Puerta
«…has partido, una luz que sigue su camino.»
Oliva Ríos
Su partida ha dejado un vacío. Frase de cajón o como dirían los expertos en corrección «un lugar común», eso no importa, porque en la realidad ha dejado un vacío a sus seres queridos y a nosotros los integrantes de Taller 8. Ester ha dejado el mundo material para trascender más allá de la misma vida. Se ha quedado a vivir en los textos que escribió como ficción a partir de su experiencia con la realidad. De sus vivencias como mujer y abogada que conoció de primera mano los ríos de sangre que bañan este país.
Ella vive en la palabra que dejó escrita.
El lunes 23 de noviembre Ester escribió un mensaje en WhatsApp respondiendo mi inquietud sobre su salud, en ese momento no comprendí, ella escribió: «En proceso de espera para trascender.»
No olvido el día 4 en el que se nos informo de la nefasta noticia, escribía Carolina su hija en el WhatsApp de Taller 8: «Contándoles que falleció esta madrugada. Se fue mi mamá, pero se fue ligera, serena, feliz, libre y en paz.» Desde entonces no he tenido el valor de escribir, ha sido una manera sencilla de expresar mi dolor de amigo, no un amigo de años o de toda la vida, tan solo un amigo de hace poco tiempo, un recién conocido a través de las letras, que gracias a Taller 8 y a Pablito tuvimos la fortuna de conocer. En un comienzo en el rol de esposa y anfitriona de nuestras celebraciones como grupo de lectura y escritura, y luego como amiga y escritora miembro de Taller 8. Una mujer reservada y atenta, pendiente de que no le faltará nada a sus invitados, nos recibió en su casa del barrio La Esmeralda con afecto y fraternidad desde nuestra primera visita. No recuerdo fechas, recuerdo momentos grabados en el aire del olvido o como dejó por escrito ella misma en un mensaje póstumo para sus allegados: «El instante es el común denominador de la vida. La suma de los instantes constituye un millonario vivencial para al final trascender.»
Una mujer con variados dones como lo expresó su hija en las palabras de despedida, aquel lunes bañado de tristeza a través de Internet. Sí, abogada, pintora y una gran escritora. La escritura acerco nuestros caminos y doy gracias a la vida por haber tenido la fortuna de conocer a esta mujer, no en su integridad, pero sí, en algunos aspectos ya manifestados en este escrito. Deseo recordar su entusiasmo con las diferentes actividades propuestas por Taller 8, talvez recuerdo, en una sola ocasión y por motivos de salud dejó de hacer el ejercicio propuesto, puedo estar equivocado, porque siempre cumplió con escribir y pedir la opinión de sus compañeros acerca de sus escritos. Un detalle, siempre solicitó ayuda con los títulos para sus textos. No puedo dejar pasar por alto su honesta actitud frente al acto de escribir, frente al acto de vivir. Escritura y vida van entrelazadas mientras se respira. Ester nos comentaba las anécdotas detrás de cada escrito, mal no recuerdo, aprovechaba la espera en algunos consultorios médicos en tanto el dolor la acompañaba, para escribir antes de la llamada a control.
En el peor momento de mi vida con la esperanza perdida, ella con fortaleza y franqueza me hizo varias sugerencias que me ayudaron a salir de aquel fango de autoconmiseración. Directa, pero con amor me indico el camino de salida de aquel túnel oscuro de mi vida. No olvido su voz de aliento y su constante apoyo, sin palabras melosas ni hipocresía, siempre conté con su apoyo incondicional.
El aire que ocupaba ––hoy–– esta vacío, pero, nos han quedado sus escritos, en ellos trasciende el espíritu de la autora, allí en las páginas que ha legado para futuras generaciones sigue viviendo ella: la mujer, la madre, la esposa, la amiga, la abogada, la escritora. Escritos que manifiestan realidades de su mundo interior, del dolor causado por la enfermedad, su lucha sin dar el brazo a torcer al cáncer, las anécdotas de su vida y esa tragedia de patria que ella conoció en carne viva, historias guardadas en la memoria de las páginas no escritas.
Gracias Ester por tu vida.
Jesús Rodríguez, diciembre 18 de 2020
Descubriendo a mis poetas
En una tarde lluviosa escarbo los anaqueles de la Librería Lerner. Me encuentro con los libros de aquellos autores que algún día en el pasado soñé tener. En aquel pasado de carencias y sueños frustrados. Hoy, allí en medio de ese millón de libros y autores deseados, mis ojos curiosos y ansiosos buscan «algún tesorito» mientras mi cabello y ropa se secan. Son de las tres de la tarde y la Negra también se pierde en la sección de manualidades, a ella le fascina ese mundo y se deja llevar por la creatividad. En tanto, con mi vista recorro los lomos de los libros y viene a mi memoria el montón de libros que me esperan sobre la mesa de trabajo en casa:
La poesía completa del español Miguel Hernández, con la sencillez de su lenguaje y su lucha en plena guerra civil española y su muerte por abandono en pleno cautiverio, no lo fusilaron porque la Guardia Civil Española no quería cargar a cuestas con dos poetas fusilados, Federico García Lorca y el poeta pastoril.
Sobre la mesa de trabajo La Antología en Verso y Prosa de Gabriela Mistral, en una hermosa edición de la Real Academia Española de la Lengua. Mujer poeta, mujer vida, mujer premio Nobel de literatura en el año de 1945, sus poemas son la voz femenina de América. Voz de la maestra de escuela nacida en campo chileno, despreciada y luego amada.
La realidad y el deseo de Luis Cernuda. El poeta español que completa la tríada de los escritores fundamentales y universales de nuestra lengua, junto con Miguel Hernández y Federico García Lorca, en ellos tres se basa mi inspiración, en ellos mi alma se nutre. Los poemas de Cernuda le cantan al amor, al amor imposible, al inalcanzable, su vida es un poema.
Del Símbolo a la Realidad de Rubén Darío. Una hermosa antología en edición conmemorativa de la Real academia Española de la Lengua. Rubén Darío también conocido como «El poeta de América». Me alimento como lector de su poesía, poeta modernista sin igual, le canto al amor y a los amores imposibles, al desamor.
La tarde sigue oscura y fría, de los pensamientos regreso a la librería, en mis manos un hermoso libro rojo. Friedrich Nietzsche, poesía completa. Se lo muestro con alegría a la Negra y me hace cara de pocos amigos y me dice con un tono de reto: ¿A caso no sabes cuál era el pensamiento de Nietzsche? Aprieto el libro en mis manos y le contesto: Sí. Aunque con ignorancia. No escucho la razón que ella me da y me dirijo a la caja.
Aprieto el libro rojo entre mis manos, mientras esperamos el transporte que nos lleve a casa. Sigue lloviendo en la oscuridad.
Pasados los días y con el recuerdo de esa tarde lluviosa en la Librería Lerner y con el sol brillante de verano golpeando desde lo alto y sentado al lado del inmenso mar, del mar llamado de los siete colores, en sus playas y entre mis manos el libro rojo, el sonido de las olas me acompañan mientras leo la poesía de Nietzsche, me encuentro con el poeta, no con el hombre o el famoso libre-pensador, sí con el poeta que también se enamoro y sufrió la decepción y el rechazo del amor de su vida o de aquellos amores, pues, no fue un solo amor. En sus versos dejó testimonio de su manera particular de ver el mundo, en ellos, reflejó su forma de pensar, dónde la ironía jugó un papel importante. La soledad también se inmortalizó en sus poemas. La demencia lo acompañó en sus últimos años de vida.
Jesús Rodríguez
09/12/2019
Mi estadio interior
El primer día que llegué a la escuela de futbol, allá por el año de 1981, al bajarme del bus, al frente del parque, me caí ––casi me mato––, era tal la emoción que no esperé a que el bus se detuviera y me bajé. El mundo de me dio vueltas, toda mi perspectiva cambió, la sensación fue la misma, comparable, al último día que fui a la escuela de fútbol.
Una mañana fría del año 1984, caía esa «minuciosa lluvia» de los poemas de Borges, me llamó a un lado de la cancha el «Profe», mis compañeros gritaban en el fondo pidiendo la pelota, se escuchaba el golpe de los guayos sobre el cuero del balón y la grama húmeda chillaba con el peso de los jugadores. Olía a sudor a camiseta mojada. «Sabe que ––me dijo el Profe–– dedíquese a jugar canicas». Y con sus ojos claros que vieron la primera copa, como campeón del fútbol colombiano con el Independiente Santa Fe, me indico con un frío silencio que me fuera y no volviera. En ese instante se acabaron mis sueños de futbolista y todas esas mañanas viajando en bus de punta a punta de la ciudad, buscando ese sueño que no se cumplió. Los últimos cuatro años los había dedicado a las prácticas en la escuela. Y terminé echado como un perro que busca migajas en el piso del restaurante. Tremendo golpe para mi vida. Como todo joven pobre buscaba a través de la práctica del fútbol salir de aquella pobreza que me alimentaba a diario. Mis compañeros quedaron en la cancha gritando, pidiendo la pelota, yo avanzaba hacia un futuro incierto, de alguna manera, la escuela se había convertido en ese hogar que me era esquivo. Un tímido rayo de sol cruzaba la llovizna.
Me convertí en hincha. Un número infinito de domingos me refugié en el estadio, las semanas se me antojaban eternas, pues, el domingo se convirtió en mi obsesión, los partidos por lo general los programaban para las tres y cuarto de la tarde, yo desde la una ya estaba sentado en la tribuna sur. Casi nunca vi ganar a mi equipo, muy pocas veces lograba el triunfo, hubo una época que fue buena, cuando tuvimos al goleador del campeonato colombiano, un argentino de apellido Gottardi, tal vez ese fue mi mejor momento como hincha. El estadio se convirtió en mi segunda casa, pero, me cansé de tanto marihuanero, borracho y desadaptado que se habían convertido en mis compañeros de tribuna y Santa Fe no veía ni una, perdí el entusiasmo y algún domingo que no recuerdo dejé de asistir al estadio hasta la fecha de hoy, casi treinta años o más o menos, no importa. Ya ni por televisión sigo las partidos, ni los resúmenes de los noticieros me interesan.
Mi sueño de futbolista se desvaneció como una quimera. Pero, me abrió otras puertas que la vida misma me ha ido indicando con paciencia.
Jesús Alfredo Rodríguez T, noviembre 15 de 2020
El imperio del presente
El dolor sostiene mis emociones, mis sentimientos y la memoria fallida, antes, desorientado me dejaba llevar por los caminos de la vida. Por innumerables senderos mis pies han transitado, todas las etapas de la existencia humana, por mi han cruzado; sólo me falta disfrutar de la ansiada vejez, esperando no pasar todo el momento, frente a un ajedrez. Tengo la edad equivalente o aproximada al tiempo, que ha durado la guerra en este país como un pasatiempo; desastres naturales que han impactado los recuerdos, desestabilizando las emociones de los hombres más cuerdos. He nadado en ríos de alcohol, hasta perder la razón, afectando los sentimientos, las emociones y el corazón, de aquellos que me han amado sin ninguna restricción, con ellos, he logrado salir adelante superando la adicción. A compañeros de la vida he despedido, se han marchado, dejando ellos un profundo vacío, que jamás será llenado. Otros que no han huido, con ellos hoy, no compartimos, sin recuerdos de aquellos lejanos instantes, olvidamos lo que fuimos. Con pequeños detalles la felicidad y la alegría me han cortejado, ver un partido de fútbol, leer un libro, caminar por el bosque he disfrutado; cogidos de la mano salir con mi esposa al mundo, todos los días, son detalles que conservo y no los cambio, esas imágenes son solo mías. Vivo el día a día como si fuera el último de mi vida, hoy no tengo segundas oportunidades, vivo el presente «solo por hoy», esa es mi realidad, no olvido el pasado, lección aprendida; al pasado no le tengo miedo, al futuro tampoco, disfruto de la vida… Jesús Rodríguez 09/08/2018
LA CASA DE GUADUA
CRÓNICA DE UN MOMENTO A TRAVÉS DE UNA FOTOGRAFÍA
Desde el encierro

La imagen que aparece sobre estas líneas es una fotografía que me gustaba mirar cuando abría el albúm familiar siendo un niño. La imagen fue tomada en el potrero que lindaba con la casa, se observa la cerca de guadua que separaba la propiedad del vecindario. Con el sol del atardecer aparecemos con mi hermana Aurora, ella estaba pequeñita en el instante de la toma fotográfica, yo un año y medio más grande.
1969, un año de avances para la humanidad con el hombre conquistando la luna, Neil Armstrong colocaba el pie sobre la superficie lunar logro alcanzado con la mítica nave Apolo 11. Se dieron avances tecnológicos en diversos campos, es así que, en este año nace el Internet. A partir del 15 de agosto en las cercanías de la población de Woodstock se reunía medio millón de personas para celebrar la libertad, el sexo, las drogas y el rock-and-roll durante cuatro días al lado de Jimi Hendrix y otros. Protestas con marchas en contra de la guerra en Vietnam en diferentes ciudades; ese mismo año aparece la histórica serie de la televisión infantil Plaza Sésamo. El 9 de febrero un día antes del nacimiento de mi hermana se realizó el primer vuelo de un Boeing 747. El país era gobernado por el Presidente Carlos Lleras Restrepo que representaba al partido liberal, estaba a un año de terminar su mandato y como Alcaldes de Bogotá terminaba su período de gobierno Virgilio Barco Vargas y comenzaba Emilio Urrea Delgado, alcaldes de una ciudad que comenzaba avanzar en un lento progreso, aún por sus calles transitaban hombres de ruana y sombrero, otros de vestido y corbata. En el fútbol colombiano ese año se coronaba campeón el Deportivo Cali y el subcampeón el América de Cali. En la música del mundo se escuchaba Hey Jude Revolution, The Beatles. El rock musical estaba transformando la sociedad burguesa bogotana, se imponía el Rock Psicodélico con un sonido complejo, con cambios de ritmo, tonalidades, de tiempos, era la música de moda en el sector de Chapinero, aunque había una lucha entre diferentes géneros musicales por imponer la moda en la fría capital. En el arte colombiano de esta época se asomaban aires de modernidad expresado a través de las obras de Fernando Botero, Alejandro Obregón, Carlos Granada, Enrique Grau, entre otros, en la fotografía se posesionaba Hernán Díaz, en la escultura Eduardo Rámirez Villamizar y Edgar Negret. En la literatura latinoaméricana el escritor peruano Mario Vargas Llosa publicaba Conversación en la cátedral. El escritor cubano Reinaldo Arenas publicaba su segunda novela y una de las más conocidas El mundo alucinante, donde se narra la historia de un fraile mexicano perseguido y desterrado. Mario Puzo, el escritor estadounidense de descendencia italiana publicaba su célebre obra El padrino, por primera vez una novela es protagonizada por la mafia. En mundo literario fallecé el escritor venezolano Rómulo Gallegos a los 85 años recordado por su novela Doña Bárbara. En Bogotá fallecía el 10 de mayo el escritor, poeta y periodista Jorge Zalámea que había nacido en 1905, una de sus obras representativas El sueño de las escalinatas, con relación a la poesía pensaba: El poema es la voz universal (porque es la de todos) que denuncia la miseria impuesta y reclama los derechos usurpados; por eso un poema que sucede en la India, sucede en cualquier parte del mundo, decía.
Esta fotografía con mi hermana Aurora es un hermoso recuerdo de ese comenzar a la vida, en ese instante que la cámara fotográfica capturó la luz o como dirían otros «nos robo el alma», éramos inconscientes de todo lo que sucedía a nuestro alrededor, de seguro, lo más cercano era el amor de mamá, en lo demás no participábamos de forma directa, aunque, esos cambios y esos sucesos ocurridos por aquella época hoy nos afectan directamente y hacen parte de nuestra vida diaria. Mi hermana o mis dos hermanas, Blanca Lilia no había nacido, son mi sorpote emocional y han sido un apoyo en los momentos más dificiles de mi vida, incluído mi período alcohólico que duró veinte años. Nuestra comunicación siempre ha sido desde la comprensión y el respeto, hoy que la pandemia ha afectado a gran parte de la humanidad nuestra relación es más fuerte y solidaria. Mamá tampoco aparece en la fotografía pero ella es un motor vital para seguir creyendo en la vida, hoy más que nunca, en tiempos de crisis.
Hemos tenido que despedir durante nuestra vida a seres queridos que por su edad habían cumplido con su tarea y me refiero a mis cuatro abuelos, cuatro seres diferentes pero, que me aportaron a través de sus historias imaginación y creatividad, tuvimos que despedir con tristeza a la tía Elvia nuestro soporte en tiempos de hambre y abandono. Otros familiares cercanos se han marchado por diferentes circunstancias, y que por su lejanía, el dolor de despedirlos fue soportable.
Para terminar, deseo compartir un fragmento de uno de mis últimos relatos titulado Esos pequeños seres, líneas que evocan la imagen que ilustra esta crónica:
«La casa se quedó en la montaña, abrigo y protección de mi madre y mis hermanas, casa vestida de noches y de días de recuerdos de risas y dolores, su tejado de estrellas y de flores, en su patio nace todos los días un lluvioso arco iris. La mujer morena y alta que su cabeza llegaba al cielo, hoy es una mujer de setenta y cinco años con nietos y biznietos; bajita, morenita y en su taller una máquina de coser con la que cose sus propios recuerdos.»
JESÚS ALFREDO RODRÍGUEZ TORRES
BOGOTÁ, D.C., AGOSTO 8 DE 2020
Dossier: Textos en verso 3ª Parte
Dossier: Textos en verso 2ª Parte
Segunda parte del Dossier: Textos en verso, poemas léidos por el autor.
Dossier: Textos en verso 1ª Parte
Vídeo con la primera parte de poemas leídos en voz de su autor, son un conjunto de tres vídeos que recogen la poesía de Jesús Rodríguez en una colección titulada, Dossier: Textos en verso.









